"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: "Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor". "Rogad, pues, al Dueño de la mies" quiere decir también: no podemos "producir" vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo". Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el "sí", la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.
viernes, 4 de junio de 2010
"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros"
domingo, 30 de mayo de 2010
Homosexuales y adopción de menores
Hasta hace muy pocos años todo el mundo sabía lo que era un "matrimonio normal", lo que era un "homosexual" y quienes podían o no adoptar a un menor. A nadie, desde hace miles de años, se le ha ocurrido igualar la unión entre dos homosexuales con el matrimonio. De pronto, llegan los progres; y en nombre de su peculiar sentido de la libertad, igualdad y fraternidad, utilizan las palabras matrimonio y homosexual con significados opuestos al sentir general de la sociedad. Sorprendentemente, la adopción de menores por los homosexuales, se torna una exigencia, un derecho.
Zapatero, Presidente del Gobierno español, prometió que: "no sólo piensa aprobar los "matrimonios" homosexuales, sino también la adopción de niños por éstos "si hay consenso social" O sea, cuando él quiera.
"Ni qué decir tiene que los homosexuales son ciudadanos de pleno derecho, y por ello, acreedores de la misma consideración y respeto que merecen quienes no lo son. Pero eso no les da derecho, por muy bien organizados y concienciados que estén, a tratar de imponer a la mayoría, a través de poderosos grupos de presión, su particular visión del matrimonio y de las adopciones de menores"
Además, ¿a cuento de que viene crear este problema artificial? ¿Ignoran que por cada niño que en España necesita adopción hay muchísimas familias "normales" que para a adoptar a los niños tienen que ir a por ellos a China o al Perú? Nó, no lo ignoran, y esto quiere decir que les importan un comino los homosexuales y los niños, los cuales se utilizan como medio para arrebañar votos y conseguir el poder; para ello, los partidos de izquierda y algunos políticos despistados de la derecha o centro, no sólo tratan de cambiar el Derecho de Familia sino también el diccionario y el sentido del lenguaje. Se empieza por llamar matrimonio a cualquier unión de dos homosexuales , después se pedirá para las uniones de tres o más personas del mismo o diferente sexo, después … para lo que haga falta. Resultado: el desprestigio del verdadero matrimonio.
Destruyendo al matrimonio, se destruirá la familia y destruyendo la familia habremos destruido la sociedad. Entonces tendremos vía libre para implantar una nueva sociedad, que nadie sabe como será. En último término, el movimiento gay es sólo un eslabón más, de nuevas ideologías que pretenden la destrucción de la sociedad occidental: judeocristiana, romana y griega. Ya lo intentaron en Rusia y en China con consecuencias desastrosas. ¿Por qué la sustituiremos? ¿Por el islamismo, el budismo, la Nueva Era, …?
Todas las personas tenemos limitaciones, los homosexuales también, y con esas limitaciones hay que contar. Digan lo que digan las leyes, ignorarlas sería engañarnos y engañar a los demás. ¿Es una de esas limitaciones la adopción de menores? ¿Por qué se aducen tantas "razones" morales, físicas, científicas para justificar esas adopciones?. Generalmente, cuando se aducen muchas razones es porque no se tiene razón. Jarabes para la tos hay muchos porque ninguno cura.
Una duda nos ronda : El movimiento gay, parte de cuyas exigencias pueden ser legítimas, ¿ Es un movimiento genuino o está siendo orquestado y utilizado por poderes ocultos, por gentes a quienes sólo interesa el voto, el poder y que han visto en los homosexuales una fuente de votos e influencias?
La Iglesia Católica, como siempre, va muy por delante en materias de igualdad y libertad sobre las progresías de turno. Para empezar, el homosexual es considerado un hermano nuestro, hijo del mismo Padre. Sigue con el mandamiento básico: Amarás al prójimo como a ti mismo. El Catecismo de la Iglesia Católica continúa: «Deben ser acogidos – los homosexuales- con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta» (No. 2358).¿Por qué se ocultan estas afirmaciones en los medios de difusión?
Por otra parte, el Catecismo se muestra no menos claro al tratar con la moralidad de los matrimonios entre homosexuales: «Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso» (No. 2357). ¿Pero es que alguien no sabía esto?
Lo realmente vergonzoso y lamentable es que se haya elevado a la categoría de dogma político lo que no pasa de vulgar prostitución social y política. Como hay que justificar lo injustificable, se echa mano del "Relativismo Moral y Social" que como un cáncer esta minando el tejido de nuestras sociedades. Siempre se encuentra un "filósofo" capaz de convertir en verdad profunda, lo que no es más que una simple aberración. Así, todo vale. La única vara de medir son nuestros intereses, pasiones y deseos particulares. Lógicamente, chocan con la Iglesia Católica. Sin embargo, lo que la Iglesia condena en los homosexuales es lo mismo que condena en los heterosexuales: el uso del sexo fuera de los límites de toda razón y moral , el engaño disimulado y la degeneración social. Y esto si lo están imponiendo las mayorías políticas dominantes, no la Iglesia. La demagogia es letal para las democracias.
¿Saben Vds de algún político dispuesto a dar uno de sus hijos o hijas en adopción a una pareja de gays o lesbianas? ¿Qué dirían los políticos de relieve si a los porteros de los ministerios les llamamos "Ministros", a los bedeles de Institutos le ponemos el nombre de "Catedráticos", y a los cabos del regimiento les llamamos "Coroneles"?. No por eso dejarían de ser respetados porteros, bedeles y cabos; pero ministros, catedráticos y coroneles se habrían convertido en motivos de risas y chanzas, primer paso para su eliminación.
Legíslese para que ningún ciudadano sea injustamente discriminado. Ténganse en cuenta las deficiencias y limitaciones de cualquier grupo humano: Un ciego no debe conducir un autobús, ni un enfermo mental regir un hospital. Dejemos de enredar con las adopciones de menores , y pongamos a las uniones de homosexuales cualquier nombre, pero ¡nunca!, ¡nunca!, el de matrimonio; a no ser que lo que realmente se esté intentando sea destruir al matrimonio y a la familia
miércoles, 26 de mayo de 2010
Carta de un misionero uruguayo en Angola al New York Times
| |
Montevideo (Uruguay), 26 May. 10 (AICA) | |
El sacerdote salesiano Martín Lasarte envió una carta al diario New York Times respecto a la morbosa insistencia sobre los sacerdotes pedófilos, carta que el diario neoyorquino nunca publicó. La carta comienza diciendo: "Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola como misionero. | |
| |
AICA - Toda la información puede ser reproducida parcial o totalmente, citando la fuente |
lunes, 24 de mayo de 2010
Murio el ateo que concluyo: “ Hay Dios”
Juanjo Romero
| |||||||
viernes, 21 de mayo de 2010 | |||||||
|
La Teología del Cuerpo
Profundizando en el legado de Juan Pablo II
ROMA, jueves 20 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Por el interés del tema, publicamos la Lectio magistralis pronunciada por monseñor Jean Laffitte, Secretario del Consejo Pontificio para la Familia, en la Facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, el pasado 22 de abril.
La segunda parte de esta conferencia se publicará en el servicio de mañana viernes 21 de mayo.
* * * * *
El cuerpo humano y sus significados
Quisiera comenzar esta intervención mía con una primera observación sobre el título elegido: "Teología del cuerpo". Verdaderamente la expresión es paradójica. El discurso sobre Dios, teo-logía, se refiere a la persona humana considerada en su totalidad y no sólo en una dimensión de su ser, aquí, el cuerpo. Por tanto, cuando se habla de teología del cuerpo, es necesario entender desde el principio en qué acepción se entiende la palabra cuerpo. Se trata de toda la persona humana, considerada en su dimensión corpórea. Hablamos así de un cuerpo animado, cuyos fenómenos pueden ser estudiados en el campo de varias ciencias: fisiología, anatomía, todos los sectores de las ciencias biomédicas. No es en este restringido sentido fisiológico como la palabra cuerpo debe ser entendida en nuestra perspectiva. De hecho, el cuerpo humano tiene otros significados. En la medida en que hace presente y visible a toda la persona humana, es portador de valores simbólicos: el cuerpo es la modalidad en la que la persona se hace presente. Cada persona se deja contemplar en su cuerpo; el cuerpo es único, singular, personal. Es ciertamente una realidad carnal. Con todo, está animado no de la forma en que un robot estaría animado por movimientos mecánicos y estereotipados, sino de un modo tal que será en seguida identificado como el cuerpo de esta persona precisa. En este sentido, todos los cuerpos son distintos, porque las personas son distintas.
Si nos queremos limitar a la antropología de San Pablo, como la encontramos expresada por ejemplo en la primera carta a los Tesalonicenses, donde el Apóstol se refiere al hombre "todo entero espíritu, alma y cuerpo" (1 Ts 5,23), vemos que una realidad invisible, indicada por los dos términos "alma" y "espíritu", sobre los que diremos luego algo, se completa con un dato material, visible, expresado por la palabra "cuerpo". Como lo hizo observar justamente Denis Biju-Duval [1], esta antropología no debe oponerse a la clásica distinción entre alma y cuerpo, más familiar a los espíritus occidentales. Según este autor, las dos antropologías (alma-cuerpo y espíritu-alma-cuerpo) han sido opuestas artificialmente, sustantivando los términos semíticos, expresados en la Biblia en forma de adjetivos: lo espiritual (pneumatikos), lo psíquico (psychikos). Las realidades espiritual y psíquica remiten a la interioridad del hombre, al corazón, lugar simbólico tanto de la decisión (espiritual) sea de los sentimientos y de la afectividad (psíquica). La interioridad del hombre se comprende sólo en la tensión con su exterioridad. La carne expresa lo que de algún modo sucede en el corazón del hombre. Esto es tan cierto que, para designar la realidad interior del hombre, se usan a menudo símbolos e imágenes inspiradas en la exterioridad (además del lenguaje espacial, como para el binomio interior-exterior, encontramos elementos orgánicos, el "corazón", el "aire puro", las "vísceras", o incluso elementos naturales, hablando del corazón como de una "tierra fértil" o "estéril", como de un templo", de una casa, etc.).
Además de esta función de revelar algo escondido, el cuerpo tiene el papel de mediar entre el hombre y el mundo. Existe una cierta ambigüedad del cuerpo en la medida en que se encuentra por así decirlo a medio camino entre un objeto recibido (Körper) y un hecho asumido (Leib), entre, si queremos, el haber y el ser: "tengo" un cuerpo que me causa sufrimiento o placer, pero al mismo tiempo, "soy" un cuerpo, de forma que quien ataca o hiere mi cuerpo ataca o hiere a toda mi persona. Soy mi cuerpo. Mi cuerpo exige naturalmente respeto.
Me parece que las distinciones hechas ayudan a entender que la palabra "cuerpo" es una realidad compleja. Queda ahora algo que decir sobre el otro término de nuestro título, "teología".
El cuerpo tiene un valor teológico por tres motivos fundamentales:
- El primero es el hecho de que ha sido querido por Dios y creado por él. Esta observación implica necesariamente que es portador de algunas finalidades intrínsecas.
- El segundo motivo es que Dios ha elegido el cuerpo humano como mediación para revelarse a los hombres: es el dato de la Encarnación. El Verbo se hizo carne.
- A estos dos elementos, Creación y Encarnación, debe añadirse un tercero, la Resurrección, que se refiere al destino final del cuerpo humano; es un dato que especifica la fe cristiana: la resurrección de los cuerpos. A pesar de su crecimiento, sus sufrimientos, su envejecimiento hasta la muerte, y su descomposición orgánica, el cuerpo humano está destinado a resucitar. En una visión de fe, este dato ha sido acreditado por el acontecimiento histórico fundamental que ha sido la resurrección de Jesús de entre los muertos. Es sobre la base d este acontecimiento que el cristiano cree verdaderamente que habrá una resurrección de los muertos; un acontecimiento fundamental para él y para todos los hombres, que serán integrados a la fuerza del Resucitado. Podríamos en otro lugar profundizar en el hecho de que la resurrección del cuerpo, lejos de ser una creencia irracional, se funda al contrario en la eminente coherencia de la fe, expresada en este campo por el destino común entre el cuerpo de cada bautizado y el cuerpo del Señor resucitado.
Es imposible fundar una "teología del cuerpo" sin integrar la certeza de la resurrección. Nos ayuda en este sentido el texto esencial d san Pablo en la primera carta a los Corintios: "El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder (1 Cor 6, 13-14). En el contexto d una enseñanza sobre el uso equivocado y pecaminoso del cuerpo que es la fornicación, el Apóstol saca las consecuencias morales de esta forma: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él (1 Cor 6, 15-17). En verdad, para ser completos, deberíamos prolongar la lectura de san Pablo, en particular recordar estas dos ideas secundarias de que el cuerpo es "templo del Espíritu Santo", y de que el hombre ya no se pertenece, desde el momento en que ha sido "comprado a caro precio por el Señor". El caro precio ha sido el del Calvario, de la pasión y de la muerte de Jesús en el leño de la cruz.
Para resumir en pocas palabras estos fundamentos de la "Teología del cuerpo", es necesario no olvidar ninguno de los elementos apenas evocados: creación del hombre por Dios y por tanto creación de su propio cuerpo, asunción del cuerpo humano del cuerpo humano por el Hijo eterno del Padre, resurrección de Jesús y resurrección de los hombres en su persona, presencia del Espíritu de Dios como en un templo, dando al cuerpo humano una dignidad excelsa.
----------
[1] Biju-duval D.; La profondità del cuore. Tra psichico e spirituale (Prefacio de J. Laffitte), Effatà Editrice, Cantalupa (To) 2009, pp. 29-41
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]
jueves, 20 de mayo de 2010
“Los jóvenes leen mitología porque buscan valores”
Entrevista al autor de la saga "Iván de Aldénuri"
SAN SEBASTIÁN, miércoles 19 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Lleva unos 25.000 ejemplares vendidos, dentro y fuera de España, ha sido traducida al inglés y al croata, y está en trámites para ser el guión de una película. Se trata de la saga Iván de Aldénuri, compuesta por tres volúmenes: El bosque de los Thaurroks, La herencia de Bérehor y El asedio de Muihl-Athern (ed. LibrosLibres).
Con un indiscutible sabor tolkieniano, sin embargo la saga tiene particularidades que la hacen muy apropiada para el público juvenil, y un interesante trasfondo de valores cristianos.
Su autor, Juan Antonio Pérez Foncea, es invitado cada poco por colegios e institutos de toda España para hablar de su personaje. Actualmente prepara una segunda saga, del estilo de la anterior, Thúval de Invérnnia, cuyo primer volumen se publicará este mismo año.
-¿Cómo surgió la historia de Iván de Aldénuri? ¿Fue una inspiración?
Juan Antonio Pérez Foncea: Yo digo siempre que fue una especie de milagro. Yo soy abogado, nunca se me había ocurrido escribir nada. Ocurrió el 3 de abril de 2002 a las cuatro de la tarde, un día que estaba especialmente cansado por un tema del despacho, que estaba llevando ya varias semanas y que era muy complicado. Me puse a escribir durante veinte minutos o media hora, y luego seguí con el tema que me preocupaba.
Después de unos quince días, sin acordarme de aquello, en la pantalla de mi ordenador había un archivo que ponía "historia". Como los abogados somos gente seria y no escribimos historias en el despacho, me dispuse a borrarlo, y conforme lo llevaba con el cursor a a papelera, algo dentro de mí dijo: "¿no vas a leerlo antes de tirarlo?".
Así que lo abrí, lo leí y me gustó bastante. Me recordaba a Tolkien y El Señor de los Anillos, por lo que seguí escribiendo como hobby. Lo terminé en nueve meses y lo mandé a la editorial LibrosLibres, que en seguida me contestó.
Se trata de una historia épica, y en ella se reflejan mis tres pasiones, que son la naturaleza, los pueblos europeos primitivos y el gusto por las etimologías, por el lenguaje. Creo que las palabras tienen connotaciones que van más allá de sus propios significados. Me gusta jugar con la eufonía de las palabras, inventar términos que tienen que ver con lugares en los que he vivido, idealizados.
-Ahora mismo ¿en qué proyectos está trabajando?
Juan Antonio Pérez Foncea: Ahora mismo estoy trabajando en una segunda saga, sin conexión con la anterior, Thúval de Invérnnia. El primer libro está ya en fase de corrección y publicación.
Para quien no lo sepa, ese nombre corresponde a uno de los nietos de Noé, que según una leyenda, recogida en las Crónicas de Alfonso X el Sabio, fue el primer hombre que habitó en España después del Diluvio. Por supuesto, mi libro no es novela histórica, pero me parece interesante explicar el origen de este nombre.
Thúval, el personaje, tiene dos detalles, que me parecieron importantes: uno, es cojo, y otro, su estrecha relación con los animales.
Este segundo detalle se me ocurrió tras conocer la historia de una mujer judía alemana, que cuenta que cuando tenía 7 años se perdió en un bosque, huyendo de los nazis. La encontraron unos lobos, y una loba, por instinto maternal, la cuidó durante todo el invierno, dándole de comer y protegiéndola. Esta historia la he asumido también para Thúval.
Respecto a la cojera, es significativo, como defecto que el personaje tiene que superar.
-Sus jóvenes lectores ¿qué es lo que más aprecian de la saga?
Juan Antonio Pérez Foncea: Pues la verdad es que recibo muchas cartas, e-mails, y hay preferencias para todos los gustos. Recuerdo que el otro día en México, en la Feria del Libro de Guadalajara, y vino un chico de unos 25 años que me dijo: "lo que más me gusta es lo que dice de la esperanza".
En general, los lectores de más edad se fijan en los valores reflejados por el libro, mientras que los más jóvenes prefieren la acción y la aventura.
-Iván de Aldénuri, y muchas otras obras, se inspiran en Tolkien. ¿Qué ha aportado El Señor de los Anillos a la literatura fantástica actual?
Juan Antonio Pérez Foncea: Se podrían dar muchas respuestas. Yo creo que en la cultura actual, tan materialista, tan artificiosa y con tantos medios técnicos, las jóvenes generaciones tienen nostalgia de mundos más románticos, más sencillos.
Por otro lado, los libros de Tolkien están llenos de valores cristianos, de valores perennes para la humanidad, valores imperecederos que "calan" en la gente. Aparte, yo creo que es una literatura que ha existido siempre, desde los libros de caballerías. Y que refleja muy bien la lucha entre el bien y el mal que todos llevamos dentro.
-¿Podría tener también que ver con un cierto desencanto hacia el progreso, y con la búsqueda de nuevas fuentes de inspiración?
Juan Antonio Pérez Foncea: Eso es indudable, como reconocía expresamente el propio Tolkien. Pero hay más, como muestra una célebre conversación entre Tolkien y su amigo C.S. Lewis a propósito de los mitos y la búsqueda de la verdad: las historias fantásticas son verdaderas, en la medida en que despiertan esa "chispa" que todos llevamos dentro, de necesidad de retorno hacia Dios. Para el autor de El Señor de los Anillos, cuanto más profunda era esa búsqueda del ser del hombre, tanto más adecuadas resultaban estas historias fantásticas, de epopeyas.
-La mitología es una búsqueda. ¿Qué cree usted que buscan hoy los jóvenes, cuando acuden a la literatura mitológica?
Juan Antonio Pérez Foncea: Eso lo veo yo constantemente en las cartas que recibo. Dice un autor que hoy, un niño que nace en España, lo primero que hace es bostezar. Los jóvenes viven muy alienados, todo se nos presenta como previsto, medido, tasado, y a la vez ayunos de valores. Muchos acuden a este tipo de literatura en búsqueda de valores, de sentido. Y también es literatura de evasión, que ayuda a escapar del aburrimiento del día a día. Por contra, la tentación de caer en lo esotérico es muy habitual en la literatura fantástica.
-Un detalle muy poco habitual en los libros mitológicos, y por el que usted apuesta claramente en su obra, es que Iván de Aldénuri ¡tiene familia! Unos padres que le quieren mucho, unos hermanos gemelos, una hermana y una hermanita pequeña, un tío misterioso... ¿Cómo se le ocurrió?
Juan Antonio Pérez Foncea: Es verdad, en esta literatura el protagonista suele ser una persona sola, sin padres, sin arraigo, para poder afrontar el destino que le espera. Es un recurso literario muy común. En el caso de Iván de Aldénuri, lo hice de forma inconsciente, sin planificar.
Pero qué duda cabe que la familia es uno de los grandes valores del ser humano, a pesar de los ataques actuales. Conforme pasan los años, uno se da cuenta de cuán importante ha sido en su vida su familia, su infancia, sus hermanos, los libros que ha leído...
-Pero en el contexto actual, en que muchos de sus lectores probablemente carecerán de referencias como los hermanos, incluso la estabilidad familiar, ¿no era un poco arriesgado por su parte proponer una familia, lo que hoy dirían muchos, "tradicional"?
Juan Antonio Pérez Foncea: Yo diría que todo lo contrario. La experiencia me demuestra que muchas personas, que por la razón que sea, no ha tenido una experiencia de familia "plena", rica, extensa, con lazos fuertes, si llega a conocer algún caso, le sorprende y le fascina. Recuerdo el caso de una chica sueca que tenía un novio argentino, y cuando conoció a la familia de él, su primer comentario, entre lágrimas, fue: "yo creía que esto ya no existía". La familia es algo maravilloso.
-Por último, ¿no es arriesgado proponer hoy la existencia de una lucha entre el bien y el mal, en una sociedad que la niega?
Juan Antonio Pérez Foncea: Tampoco. Hay un dicho antiguo que dice que la verdad "sólo tiene un camino". El relativismo de hoy pretende negar una cosa que es evidente, y es la existencia del bien y del mal. Y esa lucha entre uno y otro la tenemos todos, lo queramos reconocer o no. La verdadera batalla épica de la vida no es salir a la calle con una espada a matar orcos, sino que tiene lugar en nuestro interior. Hay personajes de la saga que cambian, a mejor y a peor.
Y eso es algo que siempre atraerá, por la sencilla razón de que es verdad. En una película, todos nos identificamos con el héroe, que se sacrifica a sí mismo para que triunfe el bien. Y eso es lo que un buen libro propone: que disfrutando, intentemos ser mejores.
Más información: www.ivandealdenuri.com
[Por Inma Álvarez]
Ser cristianos hoy
La Razón
Cardenal Cañizares
19/05/10
Los cristianos –fieles laicos, jerarquía de la Iglesia, todos– nos hallamos en este mundo en una situación de exilio cultural muy semejante al de las primeras comunidades cristianas en el mundo pagano o judío, pero con una diferencia fundamental: que el cristianismo constituía entonces una novedad, mientras la sociedad actual cree conocerlo. Esta sociedad nuestra ha aprendido, por así decirlo, a interpretarlo, en las claves que a ella le son familiares, como ideología, como estructura de poder, como sistema abstracto de valores, como sentido estético, o sentimiento afectivo, o vivencia privada.
Por desgracia, con mucha frecuencia, los mismos cristianos interpretamos así nuestra propia fe, y ése es quizá el obstáculo más persistente para una nueva evangelización, que, ante todo, habrá de ser obra de testimonio. En vez de juzgar el mundo desde las categorías que nos proporciona la experiencia de la fe, juzgamos la fe desde las categorías del mundo. Es fundamental que se remueva en nosotros la experiencia de fe, que vuelva a darse en nosotros esa sorpresa y gratitud sin límite por una gracia presente y una certeza que sostiene la vida: la gracia y la certeza de la verdad y del amor sin límite en nuestras vidas que nos afecta de manera incondicional y decisiva, que nos llena por completo y nos hace experimentar la riqueza total que entraña para nuestro humano vivir; la gracia y la certeza de una persona que es Jesucristo en la Cruz, Cristo que vive y está presente con nosotros.
Un discurso abstracto acerca de Jesús, una idea sobre Él, o un conjunto de valores que en él pueden descubrirse no bastan para llenar la vida del hombre, moverle a cambiar de vida, hacerle de verdad feliz y dichoso. Sólo puede ser el testimonio de algo que a uno le ha sucedido en la vida, el testimonio de la redención de Cristo, de la que brota una vida nueva esperanzada, libre y dichosa, una visión nueva, una mirada nueva sobre toda la realidad que se extiende a todas las facetas de la vida, las llena de sentido y las ilumina.
Un testimonio puede ser rechazado o acogido, pero no es algo de lo que se pueda discutir por mucho tiempo; como el ciego de nacimiento: «Yo sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo»; que me he encontrado con Jesucristo en mi camino y, como al paralítico, me ha hecho andar. La clave es el encuentro con Jesucristo, como les sucedió a Andrés y a Juan, como le sucedió a Pedro: «¿A quién vamos a acudir?; Tú tienes palabras de vida eterna»; o como a Pablo: «Para mí la vida es Cristo»; «¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo?»; o como a Zaqueo: «Daré la mitad de mis bienes». Si uno se queda detenido en valores, en conceptos e ideas, por muy atractivos que sean, y no se encuentra con la persona misma de Jesucristo y se confía a Él, no ha llegado hasta el final para ver y palpar la grandeza de ser hombre, la felicidad y la vida, la salvación que en Él se nos da. Pongo un caso real: Se me acerca una madre con sus tres hijos en un lugar de oración, de adoración y encuentro con Dios, a muchos metros de altura: los tres hijos liberados de la droga. Me dijeron lo que les había pasado, el encuentro con Jesucristo los había curado; y me dijeron: «Dígaselo a todos: El, Cristo nos ha curado; hemos ido a muchos lugares, pero sólo Él, aquí, nos ha curado, nos ha salido a nuestro paso, y ya nos ve, sanados».
Se puede imaginar lo que a uno se le pasa por la cabeza cuando oye una historia así contada por la persona que la ha vivido. Aún me estremezco y conmuevo al recordarla, y que expresa de forma muy expresiva y significativa lo que sucede cuando uno se encuentra de verdad con Cristo vivo. Ciertamente se trata de una historia dramática, pero que menos dramáticamente, de una manera u otra, puede ser vivida por cualquiera. Contra aquello no caben argumentos. Los hechos son los hechos, son tozudos. La verdad está ahí. ¡Qué alegría y qué agradecimiento tan grandes! ¡Qué felicidad y qué esperanza rezumaban aquellos jóvenes con su madre! Qué dicha tan imposible de arrebatar y qué ganas de vivir!, la de aquellos jóvenes y la de aquella madre cargada de sufrimientos. Como muchos de hoy, jóvenes y no tan jóvenes, habían probado todo o casi todo lo que ofrece esta sociedad nuestra para ser felices, para vivir: sucedáneos, que en modo alguno pueden llenar ni colmar la esperanza, sólo sirven para eso: pasarlo bien y disfrutar; pero se pasa; y el goce siempre resulta efímero, y no hace ser feliz, vivir en la alegría y en el gozo de la vida, ni en la luz de la esperanza. ¿Dónde podemos encontrar una humanidad verdadera, dónde podremos encontrar aquello que llena de verdad la vida?, nos preguntan tantos hoy.
Los cristianos no podemos y no deberíamos ofrecer otra respuesta que la que daban, como testimonio, aquella madre y aquellos hijos: ¡en Jesucristo! el Hijo de Dios vivo, Amor encarnado, hecho Compañero y Hermano nuestro en la vida de la Iglesia, donde uno puede encontrar el amor que sostiene la vida, donde uno puede encontrar la verdad de cuál es nuestra vocación, de quiénes somos; donde uno puede encontrar la respuesta a la pregunta «¿quién soy yo, para qué se me ha dado la vida?»; donde se puede ver y palpar la verdad de aquellas palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna?».